Quincena por medio, en el estante más alto de la repisa rinconera de su habitación, esbelto, elegante, soberbio, lo espera, casi altanero increpa su atención, él, en señal de gratitud, al atravesar la puerta, ubicada a la izquierda del lateral del placard marrón ladrillo, le obsequia su mirada cómplice, sabe en su interior, que su encuentro será en la noche, cuando aturden, la soledad, y el vacío, y que con certeza, la fusión entre ellos, será más íntima, que la de cualquier amorío.
Ella, en la otra punta de la ciudad, inmersa, en el conteo absurdo del tic tac de las agujas del reloj de pared, que imitan el bullicio de una compañía supérflua , lo sabe, mientras recrea la escena en su cabeza, piensa: -¡qué ironía!, cuando lo veo llegar me estremezco, ¡pues han pasado tantos días extrañándo su sexo!, al igual que a él, que el frío helado laboral, entre fierros, y oro, parece recorrerle la espalda, cuando lo ve reposando semioculto detrás de la etiqueta azul, en el estante más alto de la repisa rinconera de su habitación, cristalino, dorado, arrogante, pues se sabe sofisticado.
Cae el sol, y aumenta el deseo, son diez, ú once pasos que los separan, y se vuelven leguas, pero la voluntad renace con el dilatar de sus papilas, lo toma del torso, hasta dejarlo en la mesa, el vaso petizo, y viejo de mamá, resignifica su historia, conteniedo a su amigo; destapa, y sus narinas se inundan de perfume amaderado, el efímero, suave dulzor añejo, le da cuerpo a su esencia, al llevarlo hacia sí, lo inivita a sambullirse, y en tres sorbos, el ácido de los treinta y dos cortes, se vuelve suave, casi impalpable, la realidad heavy transmuta en pasiva, y al tercer vaso la cadencia al pronunciar, simula un largo trayecto hasta llegar a la cama, cierra los ojos, y esboza:- ¡esto vale más que cualquier mujer!.
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